SOCIEDAD

El comportamiento de algunas personas

A veces pienso que vivimos rodeados de ruido. Mucha gente habla sin parar, se hace notar, presume de lo que hará y de lo que piensa, pero luego en el día a día no se ve nada. Son palabras que se esfuman y que no construyen absolutamente nada. Al final lo que importa no es lo que uno proclama sino lo que uno demuestra andando. La vida se levanta con hechos y no con discursos.

Mientras tanto pasan desapercibidas esas personas que no dicen nada pero lo hacen todo. Gente que empieza de cero, que afronta una vida nueva sin recursos y aun así tiran adelante por su familia. Hombres y mujeres que se levantan cada día sin quejarse aunque tengan un sueldo justo y una mochila de preocupaciones que cualquiera consideraría insoportable. Muchos no tienen ayudas ni redes de apoyo. No ocupan casas, no roban en supermercados, no salen en vídeos virales y aun así siguen luchando con una dignidad que ya quisieran muchos de los que más ruido hacen.

Y luego está la cantidad de horas que se pierden en redes sociales. Se ha convertido en un pozo sin fondo donde se van el tiempo, la concentración y hasta las ganas de hacer algo útil. Gente de todas las edades enganchada al móvil como si la vida fuera eso y no lo que ocurre fuera de la pantalla. Vídeos absurdos, vidas inventadas, discusiones inútiles. Horas tiradas que podrían servir para estudiar, para mejorar en el trabajo, para descansar la mente o simplemente para pensar. Pero es más fácil deslizar el dedo que enfrentarse a uno mismo.

En contraste están todos esos trabajadores que nunca levantan la voz pero sostienen el país cada día. No solo vigilantes que se forman con sueldos justos para ascender a director de seguridad. También están los repartidores de butano que cargan bombonas como si fueran parte de su cuerpo. Los repartidores de bebidas que suben cajas pesadas por escaleras estrechas para que otros disfruten. Los repartidores de paquetería que hacen jornadas eternas con sueldos ajustados mientras recorren miles de calles. Albañiles que trabajan bajo el sol y bajo la lluvia para que otros vivan en casas nuevas. Mecánicos que dedican su vida a que otros puedan viajar seguros. Fontaneros y electricistas que resuelven problemas a cualquier hora porque alguien tiene una urgencia y no puede esperar.

Y lo hacen sin quejarse, sin esperar aplausos, sin pedir privilegios. Personas que se han agarrado al trabajo que encontraron, con estudios o sin estudios, con títulos o sin ellos, pero con una fuerza interior que no se aprende en ninguna universidad. Muchos han sacado adelante familias enteras con empleos duros que casi nadie reconoce. Muchos han vivido su vida de forma humilde, trabajando y callando, mientras otros se pasan el día opinando, criticando y publicando vídeos vacíos en redes sociales.

Y junto a ellos también hay estudiantes universitarios que han pasado años enteros delante de apuntes. Médicos, ingenieros, enfermeras, maestros y tantos otros que han sacrificado su juventud en bibliotecas y laboratorios mientras muchos otros perdían tardes enteras en el móvil consumiendo contenido sin sentido. Ellos se han ganado su lugar con noches sin dormir, exámenes interminables y una presión enorme. Son referencias profesionales porque se lo han trabajado.

Por eso creo que deberíamos empezar a premiar de verdad la cultura del esfuerzo. La de quienes se forman, trabajan, se sacrifican y avanzan aunque tengan poco. La de quienes buscan salir adelante sin hacer ruido. La de quienes no presumen en redes pero sostienen la sociedad entera. Esa gente es la que merece reconocimiento. Esa gente es la que levanta el país sin llamar la atención.

En cambio aquí se está normalizando valorar más al que vive del cuento que al que madruga. Se idolatra el ocio vacío y se mira por encima del hombro al que trabaja de verdad. Se aplaude al que hace ruido y se ignora al que carga con responsabilidades reales. Y así nos va.

Ojalá entendiéramos que el futuro lo construyen los que hacen y no los que hablan. Los que avanzan aunque tengan todo en contra. Los que no necesitan aparentar porque su vida ya habla por ellos. A toda esa gente silenciosa y valiente habría que ponerla como ejemplo. Porque sin ellos nada funciona. Y porque gracias a ellos este país sigue adelante aunque no hagan ruido.

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