A veces basta un aparcamiento para conocer a una persona
Hay conversaciones que no se dan con palabras. Se dan con gestos. Uno de los más reveladores, y a la vez más cotidianos, es la forma de aparcar. No hablo de técnica ni de pericia al volante. Hablo de algo más simple. De si, al parar el coche, la persona ha tenido en cuenta que vive rodeada de más gente.
Seguro que lo has visto. Llegas a una calle con una plaza larga donde caben dos vehículos bien puestos. Y aparece alguien que entra, se coloca en medio y deja media plaza inutilizada. No es que no quepa otro coche. Es que ya no cabe porque alguien ha decidido que su llegada marca el final del mundo. Yo lo veo a menudo desde la oficina. Entra un coche, maniobra con calma, se queda centrado, apaga y se va. La frase invisible es muy clara. Ya he llegado y aquí mando yo.
Luego está la variante del metro libre. Un hueco grande delante, un coche detrás bien estacionado, y aun así alguien deja un metro o más por delante. Después aprieta hacia el coche de atrás. Resultado. El de detrás, que estaba correcto, se encuentra atrapado. Para salir tiene que hacer mil maniobras, girar, corregir, rezar para no rozar. Y todo por una simple decisión que no cuesta nada evitar. Es un gesto pequeño con un impacto grande, porque convierte la vida del otro en un problema que no le corresponde.
Los aparcamientos subterráneos sacan otra capa del asunto. Hay plazas donde, por diseño, necesitas abrir bien la puerta del conductor para salir. Si alguien te pone el coche pegado al lado, no puedes ni salir. Y lo peor es que muchas veces lo hacen viendo perfectamente lo que ocurre. No es despiste, es indiferencia. Es como si el espacio ajeno no existiera. Como si el otro tuviera que arreglárselas porque sí.
También está el caso del vehículo viejo, muy gastado, casi para el desguace, que aparca delante de un coche seminuevo y recién pintado. Al maniobrar no mira, roza, golpea, y sigue como si nada. En su cabeza, un arañazo más no importa, así que tampoco importará en el coche de los demás. Ese pensamiento es un termómetro social. No es el coche el que está abandonado. Es el cuidado hacia el otro.
Entonces, qué nos pasa. Hay varias causas, y casi ninguna se arregla con enfado. Una es el estrés. Vamos con prisa, con la cabeza llena, y aparcar se vuelve un trámite. El problema es que, cuando reducimos la vida a trámites, dejamos de ver personas y solo vemos obstáculos. Otra causa es la costumbre. Si durante años nadie te corrige y nadie te dice nada, tu forma de ocupar el espacio se normaliza. Y la tercera, que para mí pesa mucho, es la educación. No la de los libros, sino la de casa y la de la calle. La que enseña a convivir. La que te hace pensar dos segundos antes de cerrar el coche y marcharte.
En una parroquia, y también en LinkedIn, esto tiene sentido porque habla de algo de fondo. La convivencia no se mide solo en grandes valores. Se mide en detalles. En si dejas paso. En si piensas en el siguiente. En si tu comodidad vale más que el tiempo y la tranquilidad de los demás. Aparcar bien no es un acto de perfección. Es un acto de respeto.
Quizá la pregunta útil no sea por qué la gente aparca así, sino qué puedo hacer yo para no contagiarme. Puedo aparcar dejando espacio, alineando el coche, pensando en puertas y maniobras, y si veo a alguien en apuros, puedo ayudar. Parece poco. Pero es mucho. Porque cada gesto así baja el nivel de tensión y sube el nivel de civismo.
Al final, un aparcamiento es un espejo. Y a veces, el cambio de chip empieza en lo más simple. En dejar sitio para que quepa otro. En recordar que el mundo no se termina donde termina mi coche.
Jose Martin Sosa Granados
Experto en planes de seguridad
Formador de seguridad privada acreditado
Creador de contenidos para centros de formacion
Director y Jefe de seguridad
